miércoles, 17 de junio de 2015

Derechos de la mujer: ONU

La violencia es una de las violaciones más graves de los derechos humanos, y es frecuente que las mujeres sufran ataques por motivos sexuales o incluso por el mero hecho de su género. El fenómeno del feminicidio va en aumento y los informes estiman que en prácticamente la mitad de los casos de mujeres asesinadas en 2012, el autor de la agresión fue un familiar o un compañero sentimental. Las y los activistas que defienden los derechos humanos de las mujeres también suelen convertirse en el blanco de la violencia. Según un informe de 2012 de la Relatora Especial sobre la violencia contra la mujer, las líderes comunitarias y las que luchan por sus derechos en Colombia, son los principales blancos de los asesinatos por motivos de género.
De conformidad con tratados internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, los gobiernos tienen la obligación jurídica de proteger a las mujeres ante la violencia, promover los derechos humanos de todas las mujeres y garantizar su empoderamiento económico, legal, social y político. Esto requiere actuar para prevenir todas las formas de violencia, reformar leyes y políticas discriminatorias y asegurar que las sobrevivientes de la violencia tienen acceso a la justicia.
ONU Mujeres promueve y ofrece asistencia técnica para garantizar que los Estados creen e implementen leyes, políticas y planes destinados a la protección de las mujeres frente a las diversas formas de violencia. Por otra parte, trabajamos con otros organismos de las Naciones Unidas para capacitar y educar a las y los responsables de la justicia y el cumplimiento de la ley.

De los 25 países con mayores índices de feminicidio, más de la mitad pertenecen a América. Con índices crecientes de violencia contra las mujeres debidos al crimen organizado y al tráfico de seres humanos, drogas y armas, ONU Mujeres y la Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos han elaborado un Protocolo Modelo para orientar las investigaciones de asesinatos por motivos de género. Diversos países latinoamericanos trabajan para implementar este protocolo, cuyo objetivo es mejorar el trato a las sobrevivientes y poner fin a la impunidad que esconde decenas de miles de asesinatos de mujeres y niñas en América Latina el año pasado. 

Mujeres en la política y el gobierno.

El papel de la mujer en la política ha ido evolucionando año a año y tanto en países orientales como occidentales es actualmente común encontrar mujeres ocupando cargos políticos, aunque podrían ser más; y, a pesar de que aún existen muchos prejuicios y dudas debido a limitaciones culturales, muchas mujeres han alcanzado altos cargos dentro de los gobiernos de sus respectivos países, incluso en algunos casos han llegado a jefe de estado.

Este no es un caso aislado. Si bien es cierto que en la política la mayoría de los cargos de mayor influencia son ocupados por hombres en el mundo entero, las mujeres cada vez más demuestran sus ambiciones de poder, sus ganas de cambiar el estado de cosas, sus capacidades para tomar decisifones, su eficiencia y su profesionalidad.

Entre las más conocidas a nivel internacional podemos mencionar a Margaret Thatcher, Ex Primer Ministra de Inglaterra; Isabel Perón, Ex Presidenta de Argentina; Michele Bachelet, Actual Presidenta de Chile; Condoleezza Rice, actual Secretaria de Estado de Estados Unidos; Violeta Chamorro, Ex Presidenta de Nicaragua.
Cuando se habla de este tema generalmente se piensa que la participación de la mujer en la Política es mayor en los países desarrollados, pero no es así, esto no depende de la riqueza o la pobreza.
Por ejemplo, en algunas de las naciones más ricas del mundo como Estados Unidos, Francia o Japón, la representación femenina en los parlamentos es de apenas entre un 10 y 12 por ciento, mientras que en varios países de África el porcentaje es de 25 a 27 por ciento.
En todo el mundo, solo 11 países han alcanzado el 30 por ciento de participación de las mujeres en la política: Suecia, Dinamarca, Alemania, Finlandia, Noruega, Islandia, Países Bajos, Sudáfrica, Costa Rica, Argentina y Mozambique.
Otro ejemplo del influjo que las mujeres han tenido en la historia de la filosofía es el de Harriet Hardy Taylor Mill (1807–1858), esposa de uno de los pensadores más estudiados en las facultades de Humanidades y Ciencias Económicas, John Stuart Mill. Este, concienciado de la injusta situación que vivían las mujeres casadas, renunció a todos los derechos que el contrato matrimonial le otorgaba sobre Harriet. Ambos se influyeron mutuamente y de su trabajo conjunto emanaron algunas de las tesis más importantes del pragmatismo de John: todos los seres humanos albergan el mismo derecho a su realización personal para, así, obtener la felicidad; la lucha por la igualdad y la emancipación de las mujeres; el derecho de autodeterminación, etc.

Contra el silencio

Si viajamos por un momento hasta la actualidad descubrimos, tras la aparición de los grandes grupos feministas del siglo XX, que lo que llamamos “masculinidad” y “feminidad” no son notas esenciales de la naturaleza humana, como pensaban Kant, Rousseau o Schopenhauer, sino constructos sociales o culturales que pueden ser modificados con el esfuerzo de una sociedad. Aquella expulsión premeditada de las mujeres del mundo de la cultura, afirma la profesora Rubí de María Gómez, “se expresa como omisión histórica que ha borrado los rastros dejados por mujeres. Afirmarse como mujer no significa dejar de ser parte de la humanidad”. Desde muy pronto, en mitos difíciles de fechar, el Sol fue identificado con el varón, junto a las características de la fuerza, la actividad y la responsabilidad, mientras que a la mujer se le adscribían notas más oscuras (Luna), como la falta de creatividad o la irracionalidad. Hasta bien entrado el siglo XX, escribe María Rosa Palazón, “el principal negocio femenino fue, pues, seducir para engendrar”. 
Para evitar estridencias que pudieran afectar al tranquilo devenir masculino de la historia de la filosofía, la estrategia a seguir fue clara: silenciar el ejercicio intelectual de las mujeres. “Ha llegado el momento –continúa Palazón– de no seguir esgrimiendo la igualdad abstracta, inmersa en los marcos teóricos y la praxis en uso. Poco habremos avanzado si nuestro único objetivo es que las mujeres ocupen los oficios y los puestos de mando antes reservados para los hombres, respetando el mismo estatus opresor, injusto, enajenante y enajenado”. 
Ya en el siglo XIX existieron algunas mujeres que, tras la aventura ilustrada en la que la filosofía prosiguió su recorrido eminentemente masculino, fueron conscientes de su condición y decidieron tomar parte activa en ella a través de la política y la filosofía. Hedwig Dohm (1831–1919), que vivió cerca y conoció de primera mano la élite intelectual de Berlín, fue una de ellas. Es necesario que se escriba menos teoría sobre las mujeres; ya era hora de que los postulados que quedaban expuestos en los libros se pusieran en práctica: lo relevante es examinar la vida cotidiana de cualquier mujer para darse cuenta de que su situación no es comparable a la de los hombres. 

Libertad, igualdad y fraternidad... para ellos

Es el caso de Olympe de Gouges (1748–1793), autora de la primera declaración de los derechos de la mujer en 1791. En ella acusaba a la Asamblea Nacional de París de haber publicado una Constitución dirigida en exclusiva a los “hombres y ciudadanos”, en la que quedaban excluidas las mujeres. 
Después de un matrimonio forzado con un viejo empresario, y tras quedar viuda, adujo sin temor que el casamiento supone “la tumba de la confianza y el amor”. En sus escritos, que tuvieron gran repercusión, trataba diversos temas (la religión, el matrimonio, el celibato, la sociedad, etc.). A pesar de que la revolución fuera acogida como un soplo de aire fresco por gran parte del pueblo francés frente a los abusos del Antiguo Régimen, bajo el estandarte del famoso lema revolucionario Libertad, igualdad, fraternidad, Olympe de Gouges pensaba que la situación de las mujeres, a pesar de todo, no había cambiado ni un ápice. Con una voluntad férrea, reclamó un trato de igualdad en cualquier aspecto para hombres y mujeres. Lo importante, pensaba, no es demostrar que la naturaleza de ambos sexos no difieren en lo esencial, sino obligar al Estado a que la ley les sea aplicada de igual forma: los derechos no son un privilegio que puedan dispensarse aleatoriamente. En su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, Olympe llamaba la atención a sus compañeras de esta forma: “Mujer, ¡despierta! La campana que toca la razón resuena por todo el universo; ¡conoce tus derechos! El reino poderoso de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, fanatismo, escepticismo y mentiras. Solo la ley tiene derecho a poner límites a esta libertad cuando degenera caprichosamente, pero debe ser igual para todo el mundo”. El punto clave de la libertad, aseguraba la enérgica Olympe, reside en que la sociedad admita que cualquier ciudadano, sea cual sea su condición o su sexo, pueda progresar sin impedimentos artificiales mediante la libre ejercitación de sus capacidades. Olympe de Gouges murió ejecutada en defensa de esa misma libertad, tras oponerse frontalmente a la represión jacobina que por aquel entonces comandaban Marat y Roberspierre. La acusación del tribunal revolucionario: reaccionaria.

La mujer en la filosofía

Marie Le Jars de Gournay (1565-1645), mujer culta y ampliamente respetada en su tiempo (aunque más tarde fuera olvidada), gran seguidora de los escritos de Montaigne, aseguraba en su obra Sobre la igualdad de hombres y mujeres que “estrictamente hablando, el ser humano no es ni masculino ni femenino: los sexos distintos no están ahí para establecer y señalar una diferencia, sino que sirven solamente para la reproducción. La única característica esencial radica en el alma dotada de inteligencia”. Marie decidió permanecer soltera y, producto de su gran cultura y tesón para el estudio, fue artífice de uno de los salones franceses más eminentes en el que se reunían intelectuales de diverso calado donde se hablaba sobre literatura, política o filosofía. El mismísimo cardenal Richelieu fue un confeso admirador de Marie. 
Apoyándose en algunas tesis del mencionado Montaigne (que llegó a tratar a nuestra protagonista como a una “hija adoptiva espiritual”), De Gournay centró su pensamiento en la reflexión sobre la muerte y en la necesidad de imprimir un sentido a nuestra vida. Pero, sobre todo, puso sobre el tapete la cuestión del género al afirmar que si bien hombre y mujer se diferencian físicamente, en su interior, sin embargo, albergan una característica idéntica: poseen un alma. Y es que no dudó en denunciar que si las mujeres no alcanzaban puestos más destacados en el panorama cultural de la Francia que le tocó en suerte vivir, era debido a la carencia de posibilidades para formarse. 
Por esta razón, nunca dejó de animar a sus amigas y conocidas, a través de sus libros y en las reuniones que ella misma organizaba, a emplear su intelecto y a adquirir el aprendizaje necesario para situarse al mismo nivel intelectual que los hombres para, con el tiempo, demostrar la igualdad de los sexos a este respecto. En un breve texto titulado Quejas de las mujeres, harta de las falsas acusaciones que sobre ella se cernían (brujería, prostitución, demencia, “vieja solterona”, etc.) llegó a escribir que “más de uno dice treinta tonterías y todavía triunfa, por su barba o por el orgullo de sus supuestas capacidades”.

Pelicula OSAMA

La película "Osama" narra la historia real de Marina Golbahari, una niña de tan sólo 12 años que se hizo pasar por niño para poder trabajar y traer algo de dinero a su familia, que vivía en la absoluta miseria.
La historia transcurre en la negra y sangrienta época de la dictadura talibana.
Cuando los talibanes cierran el hospital en el que Marina y su madre (Zobaida Sahar) trabajan, la madre, en un intento desesperado de sobrevivir, disfraza a su hija de chico y la envía a trabajar a la tienda de un viejo conocido de su difunto padre. A los pocos días, todos los niños del área (incluida ella) son reclutados por los talibanes y llevados a una escuela (como una especie de madrasa) para formarse como futuros soldados. Allí es descubierta, por consiguiente es arrestada y llevada a prisión.
En su juicio, justo antes de sentenciar su muerte, es perdonada por un mullah y forzada a casarse con él. A partir de ese momento su vida queda completamente arruinada y destrozada.

Valoración personal.
La película me ha dejado muy mal cuerpo, y más aun sabiendo que está basada en hechos reales. Por desgracia, aunque aquella oscura época haya pasado, la población femenina lo tiene bastante crudo en un país donde 8 de cada 10 mujeres sufren violencia de género. Han derrocado a los talibanes, sí. Pero ellas no han notado casi ninguna diferencia. Han sido olvidadas, al igual que sus derechos.